De taras, reflexiones y edades
En la vida de todo ser humano hay determinados momentos vitales, habitualmente asociados a los años “enteros”, es decir, los 20, los 25, los 30… en los que, inevitablemente, la reflexión le sorprende a uno de la manera menos pensada.
Si bien los dos primeros, los 20 y los 25, invitan a una cierta reflexión (mínima, por supuesto, la bendita inconsciencia de la juventud), la misma no suele ir más allá del tamaño de las tetas, lo bien que le sientan los vaqueros al chico de nuestros sueños o si, además de apuntarme al gimnasio, debería darme unas sesiones de rayos UVA.
Esto, por supuesto, en cuanto a temas de seducción se refiere, claro está. No dudo que haya quienes, a esas edades, tengan reflexiones mucho más profundas aunque, cierto es que, visto lo visto, esta duda es más que razonable. Sin embargo, éste sería otro cantar y, como se suele decir, mucho más desafinado.
En cuestiones de seducción, los 30 marcan una frontera inexorable. La reflexión es abisal y desesperada. La conclusión, desoladora.
Alcanzada esta edad, si uno está desparejado (no me refiero al género masculino en exclusiva, ese “uno” se refiere al género neutro, tan en desuso por el lenguaje políticamente correcto de hoy día), habiendo tenido relaciones de mayor o menor duración con anterioridad, es evidente que tiene tara.
Nadie da duros a peseta y, al igual que sucede con las prendas de ropa que uno encuentra en las tiendas outlet, el objeto de nuestros deseos, si está en oferta, es decir, libre, es porque viene con defecto de fábrica (que, tarde o temprano, termina por apreciarse), está desfasado o pasado de moda.
Y cuando uno alcanza esa edad (o la supera) y comprueba que no tiene pareja, admite que esas taras que ve en los demás también le afectan a uno.
Y es algo tan real como lamentable.
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