Sexo sucio (con matices)
En una de las geniales películas de Woody Allen (lo siento, no recuerdo en cuál), decían que cuando el sexo es sucio es mucho más divertido.
Estoy de acuerdo pero, como siempre, con matices.
Hay que mantener ciertas condiciones de higiene, aunque éstas sean mínimas. Verbigracia. Que, cuando nuestra ropa interior desaparezca con esa sutileza que sólo puede encontrarse en este tipo de encuentros, no salga una bandada de murciélagos volando de ella como en las pelis de Indiana Jones cuando entra a una cueva.
Una cosa es la obsesión por el cuidado corporal, estúpida como todas las obsesiones, otra cosa el abandono absoluto de nuestro cuerpo.
Ni lo uno, ni lo otro, como decía Aristóteles que, de esto sabía un poco (no me refiero al sexo, que lo mismo también, sino a la vida en general), “la virtud se encuentra en el justo término medio”.
Mantengamos nuestro césped (espero que se capete la sutil metáfora) más o menos bien cuidado, libre de malas hierbas y así (y aquí viene otro símil, hoy me encuentro poético, qué se le va a hacer), igual que cuando comemos pescado no nos gusta encontrarnos espinas, la sensación será la misma cuando nos devoremos mutuamente presas de la pasión.
O sea que, sexo sucio, sí, pero sin pasarse. Que una cosa son los sudores propios de esta maravillosa actividad y otra cosa es la suciedad entendida en su más estricta definición, que nada tendría que ver con el sexo aunque, desafortunadamente, de todo hay en la viña del Señor.
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